Precisamente porque empatía no significa experimentar, sino imaginar – suponer – es que todo este proceso parece un juego, un simulacro o una mentira. En realidad, pese a los meses de preparativos, Erasmus no empieza hasta que las primeras despedidas, las fiestas, la lágrimas a escondidas nos advierten de que, efectivamente, esta vida, en este país, acaba para dar paso a algo nuevo.
Ese vuelo despega terroríficamente pronto.
En este momento nos cuestionamos por qué tomamos esta decisión en primer lugar, o por qué siquiera se convirtió en una opción. Erasmus, hasta ahora, se encontraba en la proximidad de la distancia del que sólo la ha visto ocurrir, para el que las vidas de otros no son más que cuentos, historias imposibles, en ocasiones llenas de magia o maldiciones que había comprendido e imaginado. Pero seguía siendo la historia de otros. Sus historias.
Y es en el aeropuerto, justo antes de embarcar, justo cuando a mamá se le saltan las lágrimas, cuando papá me abraza como no lo ha hecho en años, cuando le devuelvo el abrazo, que la realidad lanza su mejor bofetada. Me voy un año entero, con sus meses, semanas y horas muertas, coladas, almuerzos, desayunos y presupuesto limitado. A Alemania. País en el que uno espera encontrar lluvia, frío y mal tiempo. Como en Inglaterra. Efectivamente, así fue al llegar a Frankfurt-Hahn, a las 14.30 del 1 de septiembre.
Creo que fue mientras esperaba el bus hacia Mannheim-Heidelberg que dije, por primera vez, “ha empezado, esto es la erasmus”. ¿Por qué? Pues porque conocí a otro español en mi misma circunstancia. Solo que él no había pasado tantísimo rato esperando en el aeropuerto: su vuelo llegó a las 16.00, y el bus salía a las 16.50. Podéis imaginar lo que agradecí tener alguien con quien hablar. Alivia un montón la espera. El pobre Aitor tuvo suerte de tropezarse conmigo, porque su Buddy – del VISUM Buddy Programm – le dijo que no podían encontrarse al llegar a la ciudad. Y necesitaba saber donde puñetas se recogía la llave de su habitación. En su caso, al haberlo gestionado a través de la International Office, se las dejaban en una oficina abierta las 24hrs. La mía, por ser de la Studentenwerk, dependía de que el encargado de mantenimiento pudiera estar en el edificio esa tarde. Afortunadamente, no fue necesario recurrir a mi plan de acampada junto al Rhin. Aunque pasar la noche al fresco no habría sido mala idea: hacía calor de primavera-verano. Mi buddy me proporcionó un techo bajo el que dormir y sus compañeros de piso pusieron la comida. Se podría decir que, básicamente, me cebaron. Ensaladas, paninis caseros y una quiche de verduras. Más zumo de naranja y agua en esta maravillosa taza, que sé que a cierta persona le va a encantar:

A la mañana siguiente, con un abono de transporte para todo el día, por 5.20€, me dejó en la parada del que sería mi conexión con el centro: la línea 3 del tranvía, o S-Bahn. Llegué bien. El encargado me enseñó como era el edificio, me llevó a mi planta y al abrir la puerta de la habitación, el milagro. No solo tengo espacio para alojar visitas en masa – a condición de que traigan su saco de dormir y colchón de camping -, sino que puedo practicar free-style como nunca
. Una vez a solas me afano en deshacer las maletas antes de salir a por los primeros trámites: cuenta bancaria y matrícula. Y en este ajetreo de colocar cosas, al abrir el cajón del escritorio: “Querido nuevo/a inquilino/a, [...] si llega correo a mi nombre, sería un detalle que me lo enviaras a mi nueva dirección o escríbeme un email para encontrarnos y poder recogerlo. Muchas gracias”. Acompañado de dos caramelitos, que estaban muy ricos :3

Así lucía el exterior en ese primer día de residencia:

Conseguí llegar al banco, que prometió que para el martes siguiente me llegaría la información de la cuenta, más la tarjeta. Intenté llegar a la International Office a tiempo. Localicé el edificio, a tiempo. Localizar la puerta, sin embargo, es de esos treats de no conocer el terreno. Entré quince minutos más tarde del cierre del horario de oficina. Sin embargo, aún así, me atendieron, me inscribieron en el portal a través del cual se gestionan los cursos de lengua, para que pudiera hacer el test, me explicaron lo que tenía que hacer, donde tenía que ir para registrarme en el censo, las reuniones a las que debería asistir, que había un tour por el campus y una recepción de bienvenida. Amabilidad y eficiencia. Esa ha sido la primera característica que he resaltado de los alemanes lo suficiente como para ser aprendida. Eso, y los horarios raros de apertura y cierre.
Antes de volver a casa exploré un poco y me topé con un supermercado. Aldi, que patrocinó mi primer almuerzo en Mannheim. Firulais, le voy a sacar muy buen partido a las moleskines que me regalaste

Reportaje fotográfico patrocinado por mi amado Sony Ericsson ejpañolo. Hace unas fotos bastante respetables para ser un teléfono.