¿Por qué ya no me emocionan los fuegos artificiales?

Fuegos desde el puertoFui con Juan y Nacho a ver los fuegos al puerto de Málaga, en el muelle opuesto a la marabunta. Tranquilo, aunque con mucho olor a pescado. El ambiente era muy familiar, con poca gente, casi todo padres que llevaban  a sus hijos – algunos puede que por primera vez -, o grupos de amigos. Las familias aprovechaban y enseñaban a los niños a pescar; los jóvenes acudían al espectáculo en sí, sin más añadidos salvo el alcohol.

Fue el de siempre, el mismo de hace varios años, sin sorpresas al respecto. Para mí lo impactante fue que mis amigos y yo nos diéramos cuenta de que no nos hacía ilusión. Me planteé si sería por el cansancio, por haberlo visto ya tantas veces, o si simplemente ya habíamos sucumbido al cinismo inherente a ser adultos. Tan pronto.

Se está más pendiente de los mosquitos, de ponerse el repelente para que no piquen, de lo incómodo de estar sentados sobre una toalla en el suelo, de que se dijo o dejó de decir hará unos minutos; de la situación del país. De la maldita política. De un futuro cada vez más incierto, de ilusiones rotas o en peligro o de las dificultades para lograr los objetivos personales. De que para todo hace falta un dinero que no llega, porque cada vez las empresas ofertan menos puestos, porque hay que conformarse con cualquiera, porque no hay otra manera de tener ingresos, que aprovechan eso para atarnos y que esas ataduras cierran un círculo que terminan por expatriar lo que, en origen, era nuestro. Para mí la sorpresa fue la actitud de los niños: no sólo eran más receptivos, sino que eran capaces de mostrar fascinación. Ellos nos amenizaron la noche con sus “¡Alaaaaa!”, “¡Woooo MIRA MIRA!”, “¡Ese ha explotado en un millón de trozos, por lo menos!” y demás exclamaciones cuyo mensaje ponía en evidencia nuestro aburrimiento y falta de impresiones; lo que viene con “hacerse mayor”.

Esa parte que no me gusta de crecer.

Recuerdo que mi profesor de filosofía nos habló en alguna ocasión de la capacidad de asombro característica de la infancia, de como opinaba que era uno de esos rasgos que sí merecía la pena conservar de esa etapa. Pataletas, caprichos, egocentrismo: mal, hay que superarlo. Hay que madurar para alcanzar la empatía, la comprensión, la perspectiva enemiga del drama; mientras que la capacidad de maravillarse como si viéramos todo por primera vez debería ser apreciado como un don. Sin embargo es lo más fácil de perder, porque asociamos madurez con desengaño, la ilusión con la ingeniudad, con el “te van a engañar”, “te van a hacer daño”. La alegría puede llegar a estar mal vista y me da pena haber caído.

¡Cuántos adultos habrá que querrían volver a sentirse como un niño!

Me han aconsejado, como solución, la herramienta que utilizan algunos artistas: imaginar un interruptor que sea el encargado de activar dicha capacidad de asombro, cuando quiera. De tal manera que se concilie la parte analítica y realista con la soñadora. Otro método, menos efectivo, consiste en pensar en los afortunados que hacen esto de forma natural y conservan la capacidad de asombro intacta. Y llorar, de envidia.

¡¡Agita el puño, hijo!!

Anuncios

Deposite sus ideas aquí (eshame una mano primah)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s