Pensamientos de la semana (3)

La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.

– Pablo Picasso.

Esta cita resume a la perfección lo aprendido esta semana: el principal error del novato es pensar que se escribe, o crea, cuando nos viene la inspiración y que esta acude por sí misma para congraciarnos. Hay que ponerse a escribir, lo que sea. Escribir, obligarse a formar párrafos. ¡Elige una palabra! ¡Suelta lo primero que se te ocurra! Habla, negocia con el crítico interior, dialoga con el papel; haz algo, que ya llegará ese momento en el que todas las piezas encajen. La inspiración es algo que se consigue a través del ensayo y el error. Hay que buscarla, aunque no acabe ahí el proceso: hemos de conseguir que se quede, que tanto esfuerzo no caiga en balde; de ahí que sea tan importante tener una referencia de lo que se produce en este mundillo. De ahí que sea tan relevante aprender de los veteranos, ya sea mediante observación pura y dura, a través de la lectura de sus obras, de sus manuales – como On Writing, de Stephen King o Zen in the Art of Writing, de Ray Bradbury -, o los consejos publicados por bloggers veteranos. Para un aspirante a escritor, leer (una novela, un artículo, un blog, un guión, etc.) cuenta como investigación.

Leed On Writing y aprended de mí, losers!

Y así fue como gracias a este esfuerzo de aprendizaje, mi semana, potencialmente muy aburrida, ganó en productividad: en resumen, sin entrar en mucho detalle, voy a necesitar cantidades ingentes de combustible para mantener el ritmo y de café para sobrellevar los despertares.

¡Oh, Café!

No hay nada que el café no haga parecer más bello.

Debe ser por eso que lo llaman droga.

Podría ser nocivo.

En cuanto a los alimentos, opino que es estimulante más allá de la mera nutrición. Señores, ver fotos de comida es el nuevo porno. Food’s the new porn, queridos. O dicho de otra forma: gordos (de corazón y espíritu) del mundo, si no os produce ningún tipo de sensación mirar estas fotos; si no babeáis cual bebé de seis meses, si no sentís que, en caso de llegar a conocer al cocinero/a en cuestión, le diríais “hazme tuyo/a”; es que estáis muertos por dentro. Os deberían retirar el carné de gordos (de corazón y espíritu).

Cada loco con su tema. A mí me llaman gorda.

Y con tanto traqueteo, tanto intento de implementar energía en mi organismo, se me olvida que el descanso es muy importante. Por un lado, porque es reparador, tanto física como mentalmente. Por otro, porque se puede aprovechar ese tiempo para otras actividades, para hacer vida social en el mundo real y otras tantas cosas.

Fue durante uno de esos descansos que por fin vi Alien: El octavo pasajero, la película que a partir de ahora resumiré de la siguiente manera: una mujer fuerte e independiente que maldice, indefinidamente, con paulatina intensidad, a los antepasados – genéticos o no – del resto de la tripulación, dadas sus limitaciones en su capacidad de raciocinio. Y porque no le hacen caso. Efectivamente: cuando lo dije por primera vez no sonaba tan fino. Traduzcan. Pero cierto es que las advertencias, avisos, recordatorios y consejos varios de Ripley – pese a ser esta el tercer oficial de la nave – son ignorados por el resto de la tripulación; tanto por superiores, como por sus subordinados. Todos se acompañan a dar un gran paseo por el mismo barrio en el que la gente fríe espárragos, donde también se encontró la boina de San Pedro.

Ripley: “El protocolo de cuarentena prohíbe la entrada de cualquier organismo no humano”.

Mangarrianes: “es nuestro compañero, ¡no podemos dejarle que muera!”. [insultos]

Ripley: “¡PROTOCOLO! Luego no me vengáis llorando, [insultos] pero que sepáis que podríamos morir todos”.

Ante tales circunstancias lo complicado es descansar. Lo normal es el estrés y no recuperar vitalidad por trastornos varios del sueño.

Yo también sería insomne.

Por suerte, no soy insomne. Lo sé por mi transformación en roca, que pese a llegar a deshora, es fulminante. A veces, en lo que tarda, consigo adelantar cosas para el día siguiente. Otras estoy cognitivamente fuera de servicio. En tal caso, sólo puedo recurrir a lo fácil y ligero: los realities. Que por norma son en inglés. Entonces empiezo a pensar en que me gustaría vivir rodeada de ese idioma. Me recuerda que ya tuve eso con el alemán y entonces siento la puñalada: echo de menos, más de lo que era consciente, vivir en Berlín. En ese momento mi curiosidad y mis ganas de viajar se permiten resucitar. Es lo contrario a la nostalgia, aunque es la nostalgia versionada, la que busca la distancia: lo que en alemán se conoce como Fernweh.

Idealizado con premeditación y alevosía.

¡Sacadme de aquí! Si puede ser bailando, mejor.

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