Proyecto NaNoWriMo. Día 1: Declaración de intenciones.

Es noviembre y yo tengo un nuevo proyecto. Como sabréis algunos, noviembre es un mes clave para los escritores: es el mes de NaNoWriMo (National Novel Writing Month). Es tan importante que para algunos ya ni siquiera se llama noviembre; su calendario transcurre: septiembre, octubre, NANOWRIMO, NAVIDAD. Para los editores es el preludio a la avalancha de manuscritos que les traerán diciembre y enero – la pesadilla de ver como la pila de trabajo pendiente crece hasta la amargura con material que, en su mayoría, es malo. No por falta de talento, pero sí por falta de trabajo.

Para algunos NaNoWriMo es la excusa perfecta para obligarse a mantener un horario de trabajo, dentro de un estilo de vida que (normalmente) se lo pone difícil – hablo de padres de familia, con trabajos a jornada completa y demás obligaciones. Para ellos noviembre es una oportunidad dorada: no es lo mismo, de cara a los amigos, decir “tengo que escribir” que “no puedo, tengo que terminar 50.000 palabras en treinta días”.

Cada año, miles de personas se comprometen con esta iniciativa. Supuestamente, el equivalente a un primer borrador. Esto significa que pese a la paliza que supone semejante marca, el verdadero trabajo ocurre a posteriori: las sucesivas re-escrituras por las que tendrá que pasar hasta convertirse en algo digno de ser enviado a una editorial. En el mundo anglosajón existen obras publicadas que nacieron del germen de noviembre. Si deciden hacer NaNoWriMo, se lo toman en serio. Los que lo siguen, lo adoran, lo viven; animan a otros a implicarse. Muy al pesar de los autores profesionales – con contrato – que lo menosprecian. Estos se lamentan de la amenaza que supone para la calidad de los productos vendidos en el mercado editorial – argumentan que es imposible crear algo digno de ser llamado novela en un mes. Catherine, Caffeinated está de acuerdo en este punto, al igual que lo estaría cualquier autor. De ahí el énfasis del propio evento en que lo que se obtiene es un borrador, jamás la versión definitiva. Catherine es escritora, veterana de Nanowrimo, de las privilegiadas a las que les ha ido bien en el mundo de la autoedición; así que su opinión es para tenerla en cuenta. Como aspirante a todas esas cosas, recomiendo su blog. Sólo una advertencia (de Capitán Obvio): es en inglés.

Logo de NaNoWriMo.

30 días, 50.000 palabras, un borrador: aterrador en principio, pero posible. Si gente con trabajo e hijos consiguen llegar a la meta, yo, joven recién licenciada en el paro, debería ser capaz también. Es cuestión de organización (previa y durante) y de mucha constancia. Y esto será, como mínimo, lo que me quede. Además de la experiencia: el bagaje de haberme dedicado durante un mes completo a pensar y procesar material para su publicación – en varios blogs: este, The Southern Orange (en inglés) y Storylane – un sitio en el que se postea a través de preguntas personales que elige uno mismo, o recomendadas por otros usuarios. Entonces mi meta personal es: reservarle un mínimo de tiempo diario a escribir. Ventaja #1: si no acabo, no hay penalización. Sólo se contemplan premios.

Pero, ¿has dicho blogs, niña loca? ¿No se trataba este de un evento enfocado a la novela? Respuesta: cada uno lo versiona como quiere. Yo no tenía nada planificado como para ponerme a abocetar un guión o novela y, sin esa planificación, no se va a ninguna parte en este mundo. Lo que tengo en activo es mi yo blogger, así que, ¿por qué no esforzarme durante unas semanas en darle un empujón a esta habilidad? O nado o me ahogo; así ocurre el verdadero aprendizaje. Aunque, en realidad, tengo que agradecer (o culpar) a vanfunfun por la idea. Él está compaginando el NaNoWriMo tradicional con un proyecto para su canal de youtube: 30 días de Nachos. Y así nació NaBloWriMo: National Blog Writing Month. Porque no soy tan graciosa como vanfunfun.

Me puso como condición que fuera flexible y constante: si no me da tiempo, no pasa nada. Sigue escribiendo. No hay amenazas de bomba – ni de muerte – que dependan de ello. De hecho, ya voy con tres días de retraso. Lo compensaré a final de mes – está claro que ir a mi ritmo me lleva a diciembre. Recuerda la gran ventaja: no hay penalización ni debería sentirme mal conmigo mismo por no llegar al final. Todo lo que haga es bueno. Lo que consiga, es digno de premio.

No hay penalización, es gratis y como mínimo aprenderé algo del esfuerzo. A mí me han convencido. Es precipitado, pero hay muchas razones para lanzarme a la piscina.

No se puede ser elegante a cada paso que se da.

Pero, ¿para eso no fue que empecé con el blog? Como ejercicio para adquirir cierta constancia y que escribir se convierta en uno más de mis hábitos. Si no diarios, al menos entre la globalidad de una semana cualquiera. Problema: llevo al menos dos semanas que no publico nada. Tengo dudas y me pierdo en los detalles. Me distraen ya tanto, que es lo único que puedo ver. Mi mente irracional le roba la energía a mi parte activa. El blog se ha quedado de lado; yo perdía fuelle, sentía que el cuerpo se preparaba para abandonar, pero no lo admitía. Niños, pensar es malo.

Necesito disciplina porque quiero ganarme la vida escribiendo. Adoro WordPress como herramienta, pero es difícil darse a conocer entre los usuarios de habla hispana, ya que, además de pocos, va cada uno a su bola o han dejado de actualizar o se han mudado. A Blogger, probablemente. Donde se conoce más gente, donde hay más tráfico y vida en nuestra lengua. Más público, en definitiva. Permite la monetización desde el primer momento. Más usuarios, más tráfico, más posibilidades de recibir visitas; aumentan las posibilidades de sacarle partido a la aventura.

30 días, 50.000 palabras, 1.672 diarias. ¡Vamos! Es un buen desafío. Sé que puedo hacerlo. Si hay que sacrificar vida social, estoy dispuesta a ello, aunque me duela. Se trata de mi futuro.

Así que por un lado pretendo acumular experiencia, ir haciéndome a la disciplina – la media diaria de un escritor profesional – y, como beneficio colateral de  tanta actualización, aumentar el tráfico de visitas. Una vez consiga un cierto mínimo, podría plantearme empezar nuevos proyectos, o incluso comprar mi dominio propio para trabajar.

Cuidado con el cuento de la Lechera. Es la única advertencia.

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