Antes de marcharme a Alemania (I)

Una mañana el paso de cebra vestía por fin todas sus rayas, mientras que la acera respiraba libre en su desnudez, gracias a la tregua concedida por la morera. Tropecé con un tomate solitario, que desde el asfalto gritaba lo diferente y especial que su deformidad lo hacía. Mi mirada disparó frustración.

Déjame en paz, Tomate, yo tengo que ir a trabajar para pagarme los estudios

En aquella cafetería ya me conocían, éramos fans y clientas habituales de sus tartas, chocolate caliente, bocadillos, etc. Durante una de esas visitas, nuestra camarera – la que más confianza nos tenía – nos preguntó si nos interesaba trabajar con ellos, porque necesitaban con urgencia cubrir una vacante. Por pura desesperación levanté la mano con mucho entusiasmo, a pesar de mi falta de experiencia laboral. Contratarme supondría un gran voto de confianza por parte del jefe y mucha paciencia por parte de las compañeras, que tendrían que enseñarme.

Me esforcé mucho en aprender. Patri me protegía repitiendo que me veía con muchas ganas y muy buena voluntad, pero cometía errores como cualquier novato y todo se me hacía un mundo. Fue duro experimentar por primera vez el agotamiento que aquejaba a mi padre, del que tanto habíamos hablado y que ahora drenaba mi tiempo y ganas de hacer otras cosas. Aún así, tuve suerte.

No me importa trabajar ni lo duro que sea. Yo hago lo que tenga que hacer y más, pero lo único que pido es que haya buen ambiente entre los compañeros y los jefes.

Al llegar a casa me esperaba un gran sobre de la Oficina Internacional de la Uni Mannheim, que ofrecía unos cursos de lengua alemana. Con ello, la posibilidad de irme un mes antes de lo previsto, acelerando los finales y las despedidas. A cambio ganaría un mes más de independencia para conocer mejor mi nueva ciudad, las instalaciones de la universidad, así como el palacio principal donde se sitúa. Antes de la gran avalancha de estudiantes sabría manejarme en los supermercados sin que el inglés o el español interrumpieran (demasiado) mi inmersión en el idioma. Soñar es gratis, lástima que mudarse no.

Así fue como aprendí que los altibajos de los erasmus empiezan desde que se firma la solicitud.

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