La historia de una espina clavada

Quise estudiar lexicografía en tercero de carrera, pero cuando me llegó el turno el profesor titular cedió la docencia a un catedrático que se acababa de jubilar y que quería seguir dando clase. Me eché a temblar en cuanto entró al aula, porque conocía a dicho catedrático del curso anterior. Como me temía, este buen señor nos pidió leer un relato en voz alta (de uno de sus libros) y que apuntáramos las palabras que no entendiésemos en la pizarra para explicarlas más adelante.

Dejé la asignatura en su segunda semana y, aunque me duela que lexicografía no aparezca reflejada en mi expediente, no me arrepiento de mi decisión porque buscar palabras en un diccionario NO es lexicografía, apuntar vocabulario como en una escuela de idiomas NO es lexicografía.

Al parecer no lo fue durante aquel cuatrimestre ya que, según me contaron las compañeras, ese fue el año de “aprender a utilizar un diccionario”. Gracias a profesores como este perdemos prestigio, porque convierten una de las ramas más complejas y abstractas de la lingüística en una asignatura maría.

Me consuelo con que en cuarto pude resarcirme en lingüística computacional.

 

[De esto me acordé porque me he comprado estas herramientas de trabajo]

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